Mi sonrisa se dibujaba cada vez que su mirada cruzaba con la mía y en su rostro una hermosa sonrisa iluminaba sus ojos y me hacían perder el aliento y sonrojarme causando nuevas risas nerviosas en ella y en mi. Se acercaba a mi cada vez que reía mientras me tomaba de la mano y me hacía caminar a su lado y yo obediente a su voz y a su petición la seguí a su lado.
El tiempo caminaba, sólo escuchaba su voz entre los murmullos, risas y pláticas de la gente y yo absorto solo podía ser preso de sus palabras una y otra vez, como en los mitos cuando las sirenas envolvían en su canto a marineros y provocaba naufragios y pérdidas y yo siendo un pobre pirata, estaba muy lejos de regresar al barco del cual caí por la borda y nade hasta descubrir a quien proliferaba canto tan hermoso y prodigioso, como si Mozart hubiera renacido en el sonido de su risa.
Tomé su mano y ella por un momento abandonó la charla y posó sus ojos sobre mi con esa mirada pícara e ingenua que me ponía nerviosa y quitaba toda esperanza de actuar como una persona que tiene todo bajo control y puede manejar la felicidad y la tristeza de manera correcta.
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